Toda la vida, desde mi nacimiento un domingo 16 de setiembre, he vivido en Curridabat. En un inicio a la par de la pulpería El Prado, después bar El Prado. Como vecinos tuve a Don Bello (Abel Sánchez Solís) y su familia y a algunas familias como la de Pepis Chaves y su esposa Rosemary, los Martínez, mis primos Portilla, Esteban Quesada y otras familias de grato aprecio.


Como recuerdos siempre me ha llamado la atención la trayectoria del bus, que se demarcaba por la calle principal que pasaba por la gasolinera Curridabat; el bus daba la vuelta en la antigua Bola Blanca, pasaba por la pulpería El Prado, doblaba a la izquierda en el edificio del Centro Comunal, luego a la derecha en la tienda La Coruñeza, seguía 300 metros hasta la casa de la familia Mata, daba vuelta a la plaza de deportes, saliendo nuevamente hacia el este y doblando otra vez en la izquierda en la Coruñeza, luego a la derecha en el Centro Comunal, hasta que por fin, al llegar a la Bola Blanca doblaba a la izquierda para enrumbarse hacia San José.


Ese era un transcurrir tranquilo, donde se esperaba todas las tardes el carretón de Don Chalo Montero vendiendo verduras y frutas, en cuenta guapinoles, o era también ver a los tráficos hacer piruetas parados en sus motos enormes desde la calle del Tanque, donde vivía Marcial Portilla, hasta la Bola Blanca. Era un quehacer tranquilo y agradable. No obstante, esa tranquilidad, se convertía en acción los domingos. Ya a las 9 de la mañana, comenzaban los partidos en la plaza de futbol. Ahí arribaba yo, no sin antes y obligado a asistir a misa. Me sentaba atrás del marco este, frente al templo católico, para ver la emoción de los goles y observar y admirar a porteros y centros delanteros y muchos otros tejer maravillas en el área de la cancha.

Mi gran gusto era comprarme un granizado, esperar que llegara la carreta y no más pedir el granizado. El muchacho que los vendía era bajito, algo robusto y un temperamento muy agradable. Ya con el granizado en la mano me volvía a sentar en el borde de la acera que daba con vista a la plaza.
Hasta aquí ha sido una descripción de parte de mi vida de los años 50 del siglo pasado, que todos los curridabatenses conocemos. De aquí en adelante y en breve, quiero contarles uno de los ejemplos de los niños y jóvenes pobres ejemplarizantes de este cantón bendito por San Antonio y por la Virgen de los Ángeles, la que una vez los cartagos dejaron botada en este cantón, porque los josefinos los perseguían con fusiles en mano, en una de las escaramuzas provinciales.


Por la década de 1960, se mudó al cantón un catedrático universitario, profesor en la Universidad de Costa Rica, que luego fue profesor mío en la UCR en la materia de Biología. Don Juvenal Valerio. (Q.D.D.G.). Se instaló en una casa al costado norte de la Plaza de Deportes. Sin ser aficionado al futbol, solía darse una vuelta por el campo deportivo, en sus horas de ocio. Un domingo don Juvenal se acercó a la carreta de venta de granizados y pidió el suyo, que comenzó a comer junto al muchacho que amablemente le ponía un poco más de sirope. Aprovechó para preguntarle que se dedicaba los días entre semana, cuando no vendía granizados. “Curso la carrera de Ingeniería Eléctrica en la Universidad de Costa Rica¨, contestó el muchacho con voz pausada. Admirado Don Juvenal preguntó su nombre, a lo que inmediatamente el joven respondió: me llamo Jorge. El catedrático con granizado en mano, apresuradamente se devolvió a su casa y anotó el nombre de esa persona que cursaba una carrera universitaria y que vendía granizados en la esquina de la plaza de deportes los fines de semana.


Curioso como todo científico, don Juvenal en reunión de profesores y catedráticos de la Universidad de Costa Rica, preguntó discretamente, como era Jorge como estudiante. La respuesta de los profesores fue: excelente alumno, de inteligencia superior, sobresaliente, epítetos y más epítetos que lo calificaban como un alumno inmejorable. “El muchacho de la carreta” como lo llamaba yo, era un joven curridabatense, del pueblo, sobresaliente, que se superaba y nada lo detenía en su carrera universitaria, ejemplo para todo un pueblo que lo admiraba no solo por su inteligencia y sabiduría sino también por su humildad y tesón para llevar a cabo sus metas.


Jorge era un ejemplo para estudiantes y catedráticos universitarios, que deben comprender que sus alumnos son seres humanos y no números de un carné universitario. Era, en una sola palabra de un catedrático: un HITO para emular.

Años después, cuando yo estaba montando un sistema de contabilidad de costos y de control de operaciones para una Zona Franca establecida en La Teresa de Pococí, tuve que reunirme con Jorge por cuestiones de trabajo. Fue un encuentro extraordinario. Por supuesto que nos recordábamos los dos, posiblemente él a mí, como el chiquillo flaco, pequeño, que era el que más paladeaba aquellos granizados deliciosos de la plaza de futbol de Curri y que a partir de 1978 se convirtiera en Parque. Yo a Jorge lo recordaba como el muchacho de la carreta de granizados más ricos que he probado; yo, el que siempre lo esperaba para que me diera el primer granizado que alistaba y a veces el último que se vendiera; esto cuando mi familia no estuviera en épocas de dificultades económicas.

Comenzamos la reunión de trabajo de manera muy sorprendente e inusual:
Jorge dijo: “Carlos te acuerdas de la carreta”. Yo: “Por supuesto”. Jorge: “No he encontrado una foto de la carreta, he preguntado y ninguna persona tiene una foto de ella”. Yo: “Buscaré”.


La reunión de trabajo terminó en magnífica forma, reunión entre dos niños pobres, que habían superado las vicisitudes, barreras y obstáculos que nos había puesto la vida.

El muchacho de la carreta, con una empresa exitosa en el ramo de servicios profesionales en ingeniería eléctrica y yo, el niño flaco, como un profesional en Contaduría Pública.

Nos despedimos, nos dimos la mano pensando los dos lo mismo, así lo sentí yo: DICIENDO, COSTA RICA: SI SE PUEDE.

Carlos Gerardo Portilla Monge escribe este artículo publicado en la edición impresa de setiembre de 2021 en El Monitor de Curridabat. En la sección «Curridabat historia, arte y color» a cargo de Mario Monge.

Nota del editor

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