Soy psicopedagoga y profesora de educación especial desde hace 18 años, cuando inicie en mi trabajo, se impulsaba que algunos estudiantes con discapacidad intelectual llegaran a las aulas “regulares” de las escuelas si cumplían una serie de requisitos académicos impuestos, poco decidía la familia, sino las autoridades educativas. Si no se cumplían esos requisitos se tenía la opción de ingresar al aula integrada, dejando de forma evidente la exclusión que presentaba esta población al agruparlos y separarlos del resto de estudiantes, por ser diferentes.  Mi sueño era buscar un mundo mejor para todas esas personas, sin imaginar que estaría destinada a una filosofía de vida, la inclusión.

Poco a poco se avanzó en las políticas para que fueran más las personas en situación de discapacidad que se incluían en las aulas de preescolar y primaria, fue en esta transición que Susy sale de una escuela especial e ingresa al nivel de preescolar, con su familia al centro educativo ubicado en Granadilla Norte, de Curridabat.

Muchas estudiantes impactan en la vida de una maestra y hoy quiero contarles sobre una niña con síndrome de Down, “Susy”. La conocí a los 40 días de nacida en la escuela donde trabajo en Curridabat, con una madre asustada y llena de incertidumbre por el futuro de su hija…  no imaginábamos que aquella bebita sería una bendición para nuestra vida y nuestra escuela.

Cuando ingresó al materno tuve el honor de ser su profesora de apoyo, entonces, noté que su avance social y académico, al lado de sus compañeros y compañeras fue más alto del que se indicaba en el expediente y es que precisamente el contacto con sus iguales le permitió aprender de ellos e imitarlos de forma positiva y el grupo de ella, pues no observaba diferencia alguna, a pesar de que el lenguaje oral era escaso.

Yo tenía (y tengo) una filosofía en la que considero que la diversidad de las personas se celebra y de ella se aprende. Hace 12 años, no se consideraba esto, pues las personas con alguna vulnerabilidad eran juzgadas por su discapacidad y no por su capacidad.

La filosofía de inclusión me enseño a validar los sentimientos de las personas: extranjeras, de religión distinta, de orientación sexual diferente a la mía y a entender aún más a las personas en situación de discapacidad, esto marco mi vida personal y laboral.

Entonces, Susy ingresó a primer grado. Desde esta filosofía la transición debía realizarse como cualquier otro proceso, lamentablemente esto no fue así, a pesar del buen avance de Susy en preescolar, al llegar a primer grado pesó más su aspecto físico, sus rasgos característicos del Síndrome de Down, pesó el retraso en el lenguaje y la lentitud para aprender como el resto.

El párrafo anterior ameritó reuniones en el departamento de Dirección de mi escuela y hasta el departamento de Educación Especial junto con la directora, la Supervisora del Circuito y la Asesora de Educación Especial, además de un informe detallado de mi trabajo con la niña y la decisión de que matriculara en primer grado y no en un aula integrada, donde era «normal» que fuesen los niños con discapacidad y con síndrome de Down.

 Nunca sentí más humillación en mi carrera, porque no solo dudaron de mi criterio profesional sino de Susy, quien hasta el momento avanzaba. A pesar de tener derechos como el resto del estudiantado, (sí, los que no tienen los ojos achinados, la nariz achatada y una lengua más grande) no creían en ella, aunque sí tenía la mirada más honesta que había visto en mi vida.

Yo decía: ¿Por qué debo enviarla a aula integrada? cuando al salir de la escuela irá a la pulpería con los demás niños y niñas, acaso entonces ¿no deberían hacer una pulpería integrada, un parque integrado y hasta un pueblo integrado?. Yo no quería que ella fuera excluida.

Escribí en mi informe – cuando debía dar mis cuentas de su lugar en primer grado – que tenía derecho a tener una vida plena sin discriminación, con todos los apoyos posibles para brindarle el éxito de acuerdo con sus capacidades y potencialidades.

Estaba segura de que no debíamos excluir a Susy, sino que debíamos construir una escuela más inclusiva que eliminara barreras en la población con discapacidad e implementar una educación inclusiva con prácticas que definan culturas y políticas justas… así fue.

Gracias a la orientación inclusiva que tiene el centro en el que trabajo, se eliminó el aula integrada hace 2 años, por la convicción de que es un ambiente excluyente, además Susy creció y en este momento está en sexto grado, quién al lado de sus compañeros y compañeras se va a graduar para ir al Colegio (su gran sueño), donde irá, no por una decisión impuesta de altas autoridades educativas y administrativas, sino por decisión de su familia, que la cuida y le permite ser plena en las decisiones de su vida.

Decidí contar esta historia, como un ejemplo más de tantos que se unen, porque en el mes de noviembre se celebra la Semana Nacional de los derechos de las personas en situación de discapacidad y me enorgullece apoyar aquel momento tan difícil para una familia, así como para mi vida laboral y personal… porque hoy he visto plasmado mi sueño.

No se debe discriminar a una persona que quiera estudiar al lado de sus amistades, aprendiendo uno del otro y me enorgullece contar esta historia que salió de Curridabat y hoy desde este pedacito de tierra, Granadilla tiene la escuela pionera en la educación inclusiva de este país. Gracias a todo un equipo que como yo cree en que todas las personas caben en el centro, cierro esta historia preguntándoles ¿caben todas las personas en su corazón?

Más información: Centro educativo con orientación inclusiva Granadilla Norte, Curridabat

La autora de este texto es Evelyn Fuentes, quién tiene una maestría en psicopedagogía y trabaja en el Centro Educativo de Orientación Inclusiva Granadilla Norte. La autora cuenta con permiso de publicar estas fotografías. Este texto es parte del proyecto «voces de Curridabat», si desea enviar su historia escriba al correo carlosmadrigal@elmonitorcr.com

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