4:09 am - Martes agosto 20, 2019

Las reflexiones de LEAN: cuando el arte nos salva la vida

Allí se encontraba Luis Enrique Arce Navarro, sentado en la sala, leyendo “El libro Negro” del premio nobel turco Orhan Pamuk, con Indie a su lado, una perrita negra de 9 años. Debussy sonaba de fondo. Toqué el timbre, me vio de inmediato y con una sonrisa agarró a Indie para que no se escapara.

Por Esteban Gamboa (estebangaamb@gmail.com)

Me abrió la puerta y me saludó muy cálidamente. Cuando entré al salón principal me invitó entre risas joviales a un mate para cuando terminara la entrevista, pero “no un mate como lo toman en Argentina o Uruguay”, sino un mate chorreado “para no complicarse tanto”. No soy argentino, no me interesaba cómo estuviese preparado, se lo acepté pensando en que la practicidad es algo muy tico.

Como todo un escritor de corazón, para don Luis es muy fácil divagar. Antes de comenzar con las preguntas que había preparado, pasamos como una hora peloteando diversos temas: como cuando dio un discurso en La Plaza de la Revolución en Cuba o cómo le importa poco que hay escritores que consumen drogas legales o ilegales para escribir. Me dijo que cree que nació drogado porque no necesita ese tipo de estímulo.

Tras conversar un rato, me convenzó de que Luis Enrique es un escritor de vocación y educador de profesión. Ha recibido premios por ambas labores: el Premio Nacional de Educación, Mauro Fernández Acuña; Premio de la Revista Nacional de Cultura, Premio Cátedra Carmen Lyra, entre otros. Asegura que los premios no son la gran cosa, porque a él lo que verdaderamente le importa es que la gente disfrute lo que hace.

Educador y escritor sin pretensiones.

Educador y escritor sin pretensiones.

Haciendo énfasis en su discurso improvisado en Cuba, salté a la primera pregunta: ¿Cuál es su ideología?

Yo con las ideologías de izquierdas o de derecha no me identifico. Yo solo tengo una ideología, no creo en Dios, yo me digo don ateo. Hay cosas que me parecen imposibles. Hace poco leí un libro, no he necesitado libros de esa temática, se llama: “La vida secreta de San Pablo; el hombre que creó a Jesucristo” …, me he metido con autores que tiran fuerte a esas ideologías como Nietzsche o a Baruch Espinoza.

Pero para mí, esas cosas no tienen importancia, el creer que fulano creía en tal cosa. Lo que sí se es que esa frase de Gandhi es muy cierta: “Que bueno el cristianismo, que malos los cristianos”. ¿Por qué dice que es bueno? Porque esa teoría es muy humana, aunque a veces llega a la estupidez de que, si me golpean una mejilla, debo dar la otra mejilla. Pero el cristianismo llama a uno a ser solidario con la gente, a llevarse bien con los demás. Yo leí la Biblia dos veces y de una forma lenta y crítica. Y ahí encuentra uno, una verdadera necesidad de la práctica, sobre todo del Nuevo Testamento… el Viejo Testamento es una degollera, solo sangre.

En la Biblia hay novelas de novelas, el libro de Ruth es una “novelota”. Gabo, Gabriel García Márquez lo confiesa: “Yo no creo en la palomita del Espíritu Santo”, pero leía la biblia muchísimo.

Tomando en cuenta la experiencia como educador y principalmente como persona, ¿Para usted cuál es la etapa más importante del desarrollo de un ser humano?

Yo siento que muy importante la etapa de los 14 a los 18 años, porque fue lo que me marcó. Yo tuve que trabajar para estudiar en la secundaria; trabajaba en una carnicería y esa etapa me permitió conocer a muchísima gente; vieja, joven… ahí mismo. Pero también, en la búsqueda de la seguridad como persona, eso lo reforzaba con el colegio, yo creo que eso se da muy importante.

Sé que a los niños de los 0 a los 7 años es una edad muy importante para la orientación, propiamente familiar. Pero para mí esa etapa, de la pubertad, cuando empieza la juventud, yo la fortalecí muchísimo, y leí bastante.

Ya cuando entré al colegio, había leído que uno tenía un tercer ojo para leer a los demás, para absorberles el pensamiento, y que ese tercer ojo estaba entre la base de la nariz entre las dos cejas y nunca le apartaba los ojos de la nariz al profesor para absorber todo lo que el sabía; yo era muy concentrado para eso.

Ya cuando entré como docente les decía a los chiquillos: “¿A usted que le importa que el maestro lo viera feo? Para adquirir a una concentración era importante que mirara a la persona.” Bueno, esa etapa es muy importante porque uno descubre también que existen las relaciones sexuales…

Es un enigma esto de la sexualidad. Por eso a los niños y a los jóvenes se les necesita dar orientación, y en buena hora que el gobierno deje a un lado a los mojigatos y se les enseñe cómo entrar en ese mundo. Porque nadie dice que todos entramos a los 14, 15… todo el mundo cree que el sexo el día en que digan “Los declaro marido y mujer hasta que Cartago sea campeón”. No.

A esa etapa hay que prestarle mucha atención y lo digo también porque hay muchachos que comienzan con mucho prejuicio y hay muchos que se han suicidado, por temor a que le digan… bueno. Yo tengo una anécdota de un muchacho que quien sabe que lo habrá convertido la tierra en donde lo enterraron… teníamos como 15 años.

A esa edad la persona es lo que va a hacer y plantea metas, la personalidad se define.

¿Usted definió a esa edad que quería ser profesor?

Yo tengo un libro que lo publicó la UNED. Se llama Frente al Tiempo. Allí cuento mi vida de maestro. Yo nunca creía que iba a ser profesor, me gustaba mucho ver a los profes… pero nunca creí llegar hasta ahí. Cuando salgo de bachillerato me caso inmediatamente, me quedo en Pérez (Zeledón) y me metí a trabajar. Antes los profesores apenas tenían el sexto grado, luego estudié en la Universidad Nacional.

Estudié con mi esposa; terminamos hasta la Licenciatura; estudiamos juntos… no era por celos ni nada, ni tampoco era recostada. Estudiamos desde el 73; fuimos de los primeros graduados en pedagogía. Hablando de la vocación, yo soñaba con algo que no sabía qué era; me gustaba muchísimo la ebanistería… tengo una afinidad por la madera y fíjate que un hijo mío es ingeniero forestal; me gustaban otras cosas que yo ni sabían qué eran, porque la elección de una vocación es bien difícil.

¿Cómo fue su inicio en el mundo de la literatura?

Bueno, como todos los escritores fue con el gusto a la lectura. Y a usted le gusta leer y releer y subraya, será por eso que mi mama me puso Luis Enrique Arce Navarro le digo, yo soy LEAN, pero yo siento que mi carrera literaria llega o está llegando hasta donde ella pudo conmigo, como había otra interrupción que era el trabajo. Yo digo, ojalá hubiera sido como Vargas Llosa, porque el tomó la decisión de ser escritor y era de una familia que lo empujó económicamente, pero hay unos que han tenido que pulsearla.

Yo tenia una profesora de español y me encantaba cuando ella nos leía, yo me perdía y vivía las experiencias. Yo empiezo a escribir cosas serias cuando termino la carrera, pero fui muy rápido para publicar. La editorial Costa Rica me incluyó en una antología en el 82 y también me impulsó un amigo ir a un taller literario en Pérez Zeledón, no me gustaba porque tal vez no era compatible con ellos… o llegaba uno con un poema y se lo hacían pedazos.

Uno empieza escribiendo poesía, muy raro un escritor que nunca ha escrito poemas, y vuelvo al Gabo que tanto lo he leído aunque hace rato lo dejé de leer; ya me obstiné. Ese carajo, se montaba en los trenes de Bogotá a leer y a leer, y a escribir poemas, ahí empieza. Ya luego se define uno; yo creo que a los 23… 24 años sentí que ya podía escribir.

Y uno a veces uno está leyendo a un premio nobel y se piensa; ¿por qué yo no puedo hacer eso, no ve que sencillo? Pero no creás, tiene su cosa: poner la imagen, acomodarla, ver como se relaciona… más si es un cuento o una novela.

El concepto de un taller literario como todo taller es purificar o afinar lo que se tiene; a mí esos talleres me ayudaron mucho a reconocer una frase cuando no era necesaria, a no poner la palabra que formaba una cacofonía o si había redundancia que no alimentaba el contenido, los adjetivos… aprender a manejarlos cuando eran necesarios, porque son estorbos, los adjetivos para escribir son el parto más desgraciado del idioma, “el adjetivo cuando no da vida, mata”.

El asunto de los premios o los reconocimientos no me desvela. Hay gente que se estresa, ve que hay un premio por allá y empieza a mandar… Para mí, escribir es una gran satisfacción. La literatura es una novia permanente.

¿Cuál es su libro favorito?… Yo creo que uno tiene libros favoritos por épocas

¡Puta, qué bueno! Es por épocas… En mi infancia era Hogar y mi Pueblo, después llega momentos en que el estado de ánimo a usted le define el gusto por un texto, por ejemplo, autores como Dostoyevski, que a uno lo meten como en un embudo y que ya no lo vuelvo a leer quizá por eso. Por que uno a la hora de escribir, se siente que uno está amarrado aquella forma y uno necesita divorciarse.

Pero para decir nombres, el Quijote. Lloré con él, le dediqué tres horas diarias durante veinte días… otro libro que me desbarató la vida fue Marianela, por ella… ese sufrimiento humano en ella y el sarcasmo a posteriori del carajo, Pablo era como se llamaba.

Esteban, usted dijo una verdad. Con respecto a que los libros preferidos son por épocas y yo le agrego: Según el momento y los estados de ánimo. Yo me acuerdo una vez que me hicieron una chanchada y yo quería vengarme, tal vez no matarlo… pero que va a saber uno si se llegaría a esos extremos, y me hice una terapia a través de la lectura; leí Crimen y Castigo, trata de como sufre una persona que sale impune.

Y me reconstruí con esa persona y hoy en día nos hablamos. Considero a la literatura una terapia curativa. Recomiendo buscar algo, ya sea la música o algo que a la gente le llame la atención; en mi caso es la literatura.

 

 

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