Este texto fue escrito por Hermógenes Hernández excolumnista del periódico «La Nación» para El Monitor de Curridabat. Sobre la historia y tiempos pasados del cantón.

Nota del Editor

Hoy recuerdo el viejo pueblo de Curridabat, así, con una “t” al final, innecesaria. El de hace muchos años, allá por los cuarenta.

Un pueblo con mucho tiempo, de hallarse en este sitio, y algunos años más, de estar en otros lados. Llamado antiguamente Curriravá, también Currirabá y Curridabá, en memoria al cacique que vivió, por otros lares, en tiempos de la llegada, de los conquistadores españoles.

Ya en 1569, era la encomienda y reducción de Curriravá, del conquistador Antonio Álvarez Pereira, en la región del Abra, allá por Tierra Blanca, muy cerca de Cot. Que luego pasó a manos, de Francisco de Ocampo Golfín.

Cuatro veces rodó este pueblo, en asentarse. Primero al norte, en los altos de Cartago. Luego, llevado al paraje Los Tres Ríos, hoy el distrito San Diego de La Unión.

De ahí, pasó a la parte este del sitio actual, por mucho tiempo, donde estuvo la iglesia vieja, hoy Convento María Auxiliadora. Para después de 1841, mantenerse, en el asiento que hoy ocupa. Hablemos del lugar donde hoy se encuentra.

Ochenta años atrás, por la década de los cuarenta, era un pueblo pequeño y muy humilde, rodeado de un sinfín de cafetales.

Las casas eran pocas, y la población también, todo el cantón, era una finca de café. Con sus ríos cristalinos y potreros, para bañarse en sus pozas conocidas, Cascajo, Las Niñas, Los Novillos, y encumbrar con el viento papalotes. Las calles de tierra y macadam, y con la calle Real pavimentada, que era la carretera nacional.

Los vehículos automotores, eran contados con los dedos. Solamente desfiles de carretas, hacia los beneficios, en tiempos de cogidas de café. Esas calles que fueron los sitios preferidos, de los chicos de entonces, para jugar chumicos o canicas y el juego al trompo, también frente a la escuela.

Las chicas disfrutando de brincar mecate o saltar la cuerda, jackses, quedó, escondido, y otros juegos infantiles.

Las casas muy humildes y de adobe, con recortes de santos en paredes, y allá por la cocina, guindando, cazuelas y comales, los platos y los jarros, el chorreador, la cafetera. Cocinando con leña recogida, ya que por esos años, muy pocos tenían servicio eléctrico, pero alumbrados con canfín y con candelas.

La ropa era lavada en las bateas de troncos de madera. Planchas de hierro y algunas de carbón, para sacarle las muchas arrugas a la ropa.

La comida sencilla: Arroz, frijoles y algo más, tal vez un huevo, sin faltar las tortillas y aguadulce. En otras veces, la olla de carne, agregando chayotes, tiquizque, y los tacacos. 

Pueblo viejo, llamado pueblo de indios, que mantuvieron su sangre, en tantos años, con orgullo. Pueblo valiente y esforzado, siempre dispuesto a la ayuda y el trabajo.

La iglesia nueva, que comenzó a construir el padre Anselmo, y a terminarla con muchos sacrificios, y con el grande esfuerzo, de los hijos del pueblo. Y que él se lamentaba, que los ricos de entonces, con costos aportaron, para hacer una columna.

Curridabat, decía el padre Anselmo, era un disco de oro, por la abundancia del café. Pero a sus hijos, sus verdaderos hijos, no les quedaba más, que caminar, a pie descalzo, con cien ventiladores en los calzones, por el delicioso edén de sus antepasados.

Ya no están los grandes cafetales, ni los patronos, mandadores y los peones. Todo pasa en el transcurso de la vida.

Los grandes cafetales, transformados en bloques de cemento. Los árboles y plantas también los animales, ausentes para siempre.

Recordamos también las pulperías. La de Chilo Jiménez, llamada Punta de Lanza, lugar de encuentro y pasatiempo, en las tardes y noches, de los trabajadores. La Favorita, que era de Toño Plaques, La Bola Blanca, La Rosa y también El Prado. Y por el lado de la plaza, salones El Danubio, El Valencia y la taquilla de Portilla, que fue luego de Talico. Las barberías de Berrocal y de Marín y la carnicería de Nangue. El Sesteo, el galerón para el descanso de bueyes y boyeros. La casa de Peregrina y la grande de adobes, donde estuvo muy cerca, la iglesia de otros tiempos, donde hoy está un convento nuevo.

Tampoco están, los personajes del pasado: Félix la leche, Pedro Ceceres, Tuta, Crisanto y otros más. Sin olvidar a Cazadora, que hacía dos viajes caminando, desde Cartago a San José, y viceversa, sintiéndose vehículo.

Era por esos años, que cientos o miles de personas, caminaban descalzas, con ropa remendada. Había pobreza en grande, pero no se conocía, la burla y el sarcasmo. La mayoría del pueblo, vivía del cafetal y sus labores. Entonces las cogidas de café, era una fiesta. 

En especial al acercarse Navidad, para comprar alguito y los tamales. Los peones dedicados a labores de aporcas, derramas y paleas y tantos cuidos más, para la finca del patrono.

 Las llamadas medidas del café, en las tardes soleadas o lluviosas, en larga fila, las personas, detrás de la carreta.

El cafeto, era antes escogido. Los frutos verdes de los rojos y también las hojas, en un manteado grande, tendido al callejón o algún potrero.

Del saco de gangoche se sacaba, a pocos, en canastos retorcidos, café recolectado y mal pagado, con boletos de un valor, de menos de un peso la cajuela, llamada una medida, que pesaba, trece kilos de granos de café.

 Así era la vida del campo, en este pueblo pobre, tranquilo, sosegado, que añoran algunos vejestorios. Así se vivía, en la mayoría de las familias, que muchos hoy en día, no quieren recordar.

Y ochenta años después, vemos el pueblo, con visos de ciudad. Por sus afueras, rodeado de comercios, industrias, palacetes.

Hoy para algunos la ciudad dulce, el pueblo viejo, que nunca conocieron.

Después de tantos años, que han pasado, por este viejo pueblo, aún, quedan algunos, con la sangre heredada de aquella vieja raza de coraje. Los verdaderos dueños de estas tierras, que fueron despojados. 

Todo ha cambiado, progresos y muchos adelantos, algunos para bien y para mal.

Este texto fue escrito por Hermógenes Hernández excolumnista del periódico «La Nación» para El Monitor de Curridabat. Sobre la historia y tiempos pasados del cantón.

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